A medida que van pasando los años nos damos cuenta de quién
somos y qué tipo de persona queremos llegar a ser. Poco a poco encontramos
nuestro verdadero “yo”.
Pero sobre todo descubrimos las verdaderas caras de aquellos
que nos rodean. Y de repente un día te despiertas dándote cuenta que todas
aquellas personas que creías conocer y que valían la pena, aquellas que,
cuando mirabas hacia el futuro, veías a tu lado no son quién (o lo que) realmente
pensabas.
Por suerte o por desgracia esas personas se descubren en los
malos momentos. Pero no les echaré a ellos la culpa; todos sabemos que existe
una ley universal no escrita que es la responsable de esto.
Si echo la vista atrás puedo decir que los dos últimos años
de mi vida han sido difíciles, para qué negarlo. Y me sabe mal decir esto
porque con los tiempos que corren puedo sentirme afortunada por tener una
familia que goza de salud, que me apoya y me quieren, disponer de una casa,
comida cada día y contar con la posibilidad de seguir estudiando. Pero cuando
hablo de “han sido difíciles” no me refiero a estas dificultades. Me refiero al
ámbito personal.
Mientras algunos de mis amigos ya han empezado a trabajar en
aquello para lo que estudiaron, otros siguen formándose en sus carreras o con
sus másteres. Y yo me veo haciendo el
capullo; levantándome cada mañana, sentándome delante de los mismos libros,
buscando ofertas de empleo y en, resumidas cuentas, esperando a que llegue la
noche para leer un ratito o ver una serie-película-loquesea e irme a dormir. Y poner la alarma, para volver a empezar
al día siguiente.
Este no es el problema. No. Esto es rutina, cada uno tiene
la suya y yo acepto la mía porque siento que es lo que toca por el momento.
En problema viene cuando te ves sola, y no debería ser un
problema porque al fin y al cabo yo he decido que mejor sola que mal
acompañada. Me explico.
Como antes decía, mientras estás en el colegio o el
instituto vives en una burbuja en la que todos nos llevamos guay, somos superamigos, una piña y tenemos el
mismo camino: Ir a clase de lunes a viernes, salir el fin de semana y estudiar
para aprobar los exámenes.
En la universidad la cosa ya cambia un poco: Unos cambian de
ciudad, otros compaginan las prácticas con las clases teóricas, algunos tienen clases de lunes a viernes o el
miércoles dicen adiós a la facultad y muchas veces las épocas de exámenes son
muy dispares. Entonces es cuando quedar tan frecuentemente como antes y
mantener el contacto se hace un poco más difícil, surgen riñas de “Porque
cuando yo decido venir tú tienes que estar para quedar conmigo, que para eso me
hago el viaje”(Dijo la persona a la que
invitaste a merendar a casa para echar una parlada y te dijo que no, que para
eso no se molesta en salir de casa, que ya que ha venido quiere aprovechar,
salir de fiesta, bailar, beber unas copas, vernos y ponernos al día. Todo en uno. Como ir al hospital de visita comiendo un helado y saltando a la comba mientras paseas al perro.) , “Para qué estudias tanto, mujer, si yo con
mirármelo un poco la semana antes saco notaza”(Dijo la persona que solo por ir a clase y
entregar trabajos tenía el 70% de la asignatura aprobada) , “No será
para tanto estar en la universidad de 8:00 a 20:00 + estudiar + memorias de
prácticas + trabajos” (Dijo la persona que iba a clase cuando iba y dejó TREINTA
DÍAS de prácticas para hacer en verano porque si no yendo a clase “y todo”
era mucho agobio) , “Pues yo los jueves salgo a darlo todo, no sé porque
tú no” (Dijo la
persona que terminaba sus clases los jueves y no tenía que levantarse al día
siguiente para trabajar con personas enfermas o instrumentando en un quirófano)
y un largo etcétera.
Y entonces te das cuenta de que esa gente que te rodeaba y
eran tus amigos de toda la vida con los que no has podido llevarte mejor, son
bastante intolerantes con tus decisiones y en vez de disfrutar del rato que pasas
con ellos, sea una hora, dos horas o quince minutos, se lo pasan
cuestionándote, dando opiniones y consejos baratos que nadie ha pedido.
El cambio es aún mayor al terminar la universidad e intentar
coger las riendas de tu vida. Al principio estás feliz, has acabado de
estudiar, has terminado con un ritmo de vida acelerado, vuelves a tener tiempo para ti y sobre todo has conseguido el
ansiado resguardo del título universitario.
Empiezas a buscar algún trabajito con la ilusión de firmar
algún contrato, alguna baja o alguna suplencia pero eso nunca llega.
“No te preocupes tía, fijo que te sale algo” (Te dice a la que, al igual que tú,
acaba de terminar la carrera y ya la han llamado de DOS SITIOS de los suyo).
“Si a fulana que aprobó raspada le han llamado de X, a ti te
llamarán de algún sitio porque encima tienes un expediente muy bueno” (Me reservo el comentario)
También empiezas a ver feos de gente con la que has sido uña
y carne desde la primaria.
Cuando tu amiga,
la que estudió tal cosa relacionada con
la salud que no es enfermería, te pide ayuda para echar CV en las
ciudades donde ya los había echado y luego cuando tú la pides ayuda para
echar tus CV en donde ella ya lo ha echado (que jaleo, pero yo me entiendo) te da por
culo largas.
Cuando tu amiga inseparable
te empieza a echar en cara cosas de cuando tenías 15 años y te intenta absorber
hasta el punto de hacerte elegir entre salir con ella o con otros amigos
comunes porque a ella le caen mal.
Cuando tu otra amiga espanta a toda nueva chica que llega
porque habla con su novio e intenta que apoyes su celotipia.
Pero sin duda, la guinda que coronó el pastel fue cuando
decidí estudiar el EIR en serio, poniendo toda la carne en el asador, hasta la
que no tenía. Dándolo todo para poder abrirme un hueco en el mundo enfermeril. A
día de hoy, 19 de abril, puedo decir que no tengo plaza, que no tengo trabajo,
pero el EIR me ha ayudado a desenmascarar a muchos supuestos amigos.
Amigos, que no se
preocuparon lo más mínimo por mi y que el único detalle que tuvieron fue mandar
un whatsapp de ánimo (rollo
biblia) cuando se enteraron que no tenías plaza. Amigos que se enfadan porque no sales de fiesta (a un bareto cutre, rodeada de
chavalines de 16 años, bebiendo cachis de mierda, con los tacones pegados al
suelo lleno de suciedad mientras juegas a una cosa de cartas para “animar” algo
que no animaría ni Pocholo en su mejores momentos) y no entienden que
prefieras tomarte un colacao una tarde de viernes o dar un paseo. Amigos que te dicen que quieren verte un
rato, para ponernos al día, y que, cuando les dices de quedar por la tarde en
un descanso del estudio pasen, porque para eso no se quitan el pijama…
cuando les dices que vas a su casa y tampoco. Amigos que no respetan que no quieras salir de las 00:00 al
amanecer porque no puedes pasarte el domingo durmiendo hasta la hora de comer
porque tienes que levantarte pronto para estudiar. Amigos que dicen que como no te han visto en X tiempo “ya no somos
amigos”. Amigos que no te respetan, te
cuestionan y te piden explicaciones a cada momento.
Yo no quiero eso, quiero algo sencillo. No quiero dar
explicaciones ni tener que recibirlas, que cada uno viva su vida y no haya
cuestionamientos, que cuando quedemos no haya un ambiente tan enrarecido que
parezcamos extraños. Por eso me distancié de esa gente, de pasar a ser una pieza que completa el puzzle a ser un bulto más que etiquetar en una foto de facebook o alguien con quien mantener una conversación cordial y superficial a partes iguales. No me hacía bien
ese tipo de relaciones.
Y la verdad que lo que más duele no es haberse alejado
de esas personas que fueron tan cercanas, si no que después de ser tanto en
realidad no seamos nada.
Como supongo que pase en todos los sitios, la pandilla
era más amplia y poco a poco he encontrado a esas personas que decía al comienzo del párrafo anterior. Era esa gente que pasa más desapercibida, con la que no has
tenido tanto contacto, que descubriste con el tiempo y que mereció la pena.
Sin embargo, aún duele el haber perdido ese tipo de relación
tóxica – confidencial a lo Blair/Serena en la primera temporada de GG aunque
ahora tengas relaciones más sanas tipo PLL, unas pocas chicas, cada una va a lo suyo sin preocuparse de la vida del resto, con el mismo rollo tranquilo, que quedan cuando puede ser sin malos rollos, sin malas caras y sin que parezca que haya pasado el tiempo.
Las experiencias nos cambian por dentro y por fuera, como si de un efecto mariposa se tratase.
Está claro que a lo largo de mi vida muchas más personas saldrán y entrarán en ella, unas haciendo más ruido que otras, pero tengo clarísimo que no van a desordenarla a su antojo.